Anécdotas de una dependienta parte II: ¿Es que el virus nos atonta?

Vamos a decir la verdad desde ya: los horarios de dependienta no son tan bonitos como parecen. No, no vas, haces tus horas y listo. Ser dependienta no te permite desconectar a veces tanto como nos gustaría. Y muchas de esas veces tienes que estar cogiendo el teléfono fuera de tu horario. Si a esto le sumamos este “maravilloso” virus que tenemos rondando ¿imaginas el resultado?

Viernes 15 de mayo. Anuncian que los comercios ya pueden abrir a partir del lunes (con algunas restricciones, claro está). A las 10 de la noche ya estaba recibiendo la llamada de mi encargada para ir al día siguiente a la tienda a las 8 de la mañana. Sin salvoconducto, ni nada. Salías de estar confinado y no poder hacer gran cosa a estar haciendo las devoluciones de rebajas que se habían quedado a medias. Además de montar toda la tienda, claro. 

Te juntas con pedidos de 20 cajas para renovar toda la tienda. ¿De veras crees que voy a conseguir montar una tienda que es más grande que toda mi casa en el tiempo que me das? Dobladita, perfiladita, planchadita…

Y lo más importante: ¡mantenerla! Porque claro, las prendas las tienes que ir desinfectando conforme alguien se las prueba o las manoseas de más. “Mira quiero esto pero en esa talla. ¿Que no la tienes? ¡Pero si esa persona se la acaba de probar! ¡Si no me la das te pongo una reclamación!”. En esos momentos tú ya no sabes qué hacer. Ósea, es una prueba del divino de arriba o algo. ¿Permito que esta persona tenga la posibilidad de contagiarse? ¿Me estás enviando señales?

Qué rápido se nos olvidan las medidas de prevención…

Una vez abres la tienda por primera vez tras tantos meses y tanta información, ilusa de ti, piensas que todo el mundo lo va a respetar. Sin embargo tienes que estar constantemente pidiéndole a la gente que se eche gel y que se pongan bien la mascarilla. Porque a ellos “se les caen las manos”. Pero tú que te pasas ahí 8 horas diarias, con doble mascarilla y tienes que lavarte las manos cada 15 minutos eres inmune. Parece ser. 

A los que se suman los que te dicen “es que me he echado gel en la tienda anterior”. Claro, porque tenemos un chat grupal de todas las tiendas de la zona y nos vamos diciendo quién se lo echa y quién no. 

Pero esto no es lo peor de todo. Recuerdo a una señora que vino a devolverme una mascarilla. ¡Una mascarilla! Fuera de su envoltorio y todo. Según ella, tenía 1 cm más que la que había comprado anteriormente. ¿El resultado? Me llevé una buena reclamación por no devolverle el dinero

Los probadores repelen la covid y yo no lo sabía

Es increíble la de gente que parece creer que los probadores son “urnas anti-covid”. Ante estos casos tú lo único que puedes hacer es comerte tus palabras y pedirle amablemente que se pongan bien la mascarilla, que también se puede contagiar en esa zona. 

Hombres sin camisa, mujeres en sujetador, ambos sin mascarilla. Que tú desinfectas los probadores siempre que puedes. “Por favor, espere un segundo que tengo que limpiar el probador”, sin embargo siempre hay más de uno se cuela. 

“No, si yo estoy sano, no te preocupes”. Ya le tienes que comentar que a lo mejor no es por ellos, pero sí por nosotras. Al fin y al cabo estamos con 1.000 personas a lo largo del día. Incluso más. En cualquier momento puedo contagiarme yo, aunque esté respetando todas las medidas. 

Foto de portada creada por jcomp – www.freepik.es

Anécdotas de una dependienta: ¿El cliente tiene toda la razón?

Esto siempre se ha considerado una máxima en el trabajo de cara al público. Y es que, si hay un dilema, el cliente siempre tendrá las de ganar. Pero ¿alguien se ha planteado que hay ciertos límites que cualquier persona no debería aguantar? O ¿es que los dependientes no son personas?

Mi historia con la atención al público comenzó de azafata. Porque ¿quién no ha considerado este trabajo como algo sencillo? Cobras por estar un día trabajando y cuando lo necesites ya volverás a trabajar. Pues que no os cuenten historias porque no es todo tan bonito como lo pintan.

Era una tarde de agosto. Plaza Mayor de Madrid. Al aire libre. Vestidas de negro y de cara al sol. A lo que hay que sumarle que el evento era gratuito. ¿Podéis llegar a imaginar qué puede pasar cuando un español escucha la palabra “gratis”? Lo único que pude preguntarme a mí misma fue “¿en serio me merece la pena soportar esto por 20€ (en total)?”. 

Después de aquello y, con algo más de experiencia, decidí echar curriculum a tiendas de ropa. En mi cabeza sonaba algo parecido a “si más o menos sé llevar esto de azafata, ¿por qué no? Igual algún día consigo que me hagan indefinida”. 

Ahí comenzó la aventura

Los de siempre

Hay determinadas experiencias que todo dependiente pasará al menos una vez en la vida. Si tienes pensado empezar a trabajar en el sector, lo mejor será que leas esto de cara a poder asimilar lo que se te viene encima. Aquí te dejo las 5 experiencias top que todo vendedor ha sufrido, sufre y seguirá sufriendo toda su vida:

1. El cliente de última hora

Siempre está esa persona que desea tener ese sentimiento de exclusividad y llega 5 minutos antes de cierre para tener la tienda para él/ella. Y claro, para quitártelo del medio, de repente se piensa que todos los trabajadores van a mimarle. 

Sólo diré una cosa: ya hemos encerrado a una señora. La revolución ha comenzado. 

2. El que “no ha usado nada”

Y casualmente se ha caído la etiqueta. Pero oye, que te la dejan al lado con un corte perfecto de tijeras. Aunque todo sea dicho, hay quien al menos limpia la ropa después de irse de botellón. 

3. “Esto es una tara”

Recuerdo a una señora que me trajo un jersey de 2018 porque “le había salido un agujero en la sisa”. Cuando vi esos cercos de sudor de 3-4 años lo que no entendí es cómo se me caía la cara de vergüenza a mí en lugar de a ella. 

Entendemos que hay prendas que vienen defectuosas de fábrica y lo primero que se hace es notificarlo. Pero, querido cliente, notamos muy bien cuándo a una prenda se le ha dado un mal uso y cuando es defecto propio. 

Lo que me lleva al siguiente tipo de cliente.

4. “No me des otra talla porque la mía es la S”

Hay algo que caracteriza a cada marca y eso son sus patrones. ¿Nunca habéis visto que en una marca lleváis una talla pero si os vais a otra tenéis otra distinta? Nosotras como dependientas sabemos lo que tenemos en tienda – para algo nos pasamos 6 meses viendo la misma ropa de cada temporada. En fin, luego pasa lo que pasa. 

Pues siempre estará esa persona, que se niega a pensar en ello y que “tener” una talla más es un mundo. Esto es lo que me ocurrió con una señora que venía a devolver un abrigo de la talla 36 porque “es que mi talla es la 34”. Le explico amablemente que esa talla le quedaba bien, que cada cosa tenía su patrón y en concreto esa pieza tallaba pequeño. 

“¿A quién vas a llamar gorda? ¡Desgraciada!” 

Acto seguido, le dejo la talla, pero yo ya veo que el final no va a ser agradable. Se la prueba. No le cabe. Coge aire. Saca pecho. Y se lo cierra. Yo sólo pensaba en que como se metiera un jersey debajo, luego no salía del abrigo. Pues finalmente se da cuenta de que no le vale. Pero en lugar de ser una persona educada y correcta, se dedica a tirarlo todo por la tienda gritando que era una sinvergüenza. 

A ver, os lo explico desde ya: los dependientes no hacemos la ropa. 

5. “Quiero ver a tu jefe”

Yo entiendo que hay algunas personas a las que los argumentos sólidos les cabrean y tienden a ir a quejarse a un superior. Esto, que suele pasar sobre todo en niños de 5 años, también ocurre en otras edades 

Hablo de esa gente que nace indignada y que por más que les digas que el cielo es azul, van a seguir diciendo que es amarillo fosforescente. ¿Os pensáis que nosotros no queremos llamar al encargado/encargada cada vez que viene algo así? ¡Pues claro que sí! A fin de cuentas son los que tienen la potestad y mejor eso que ser ninguneada por una persona cualquiera. 

En definitiva…

Hay muchas cosas que tenemos que aguantar las dependientas y, si quieres conocer más, no te pierdas la siguiente entrega ¡porque tiene un virus de por medio!